ESPACIOS LATENTES / 2026
La casa sin lados
Read in English↗VALE
La pared se movió mientras Simón decía que siempre había sido paciente.
No fue un temblor. La casa recogió las patas de la mesa, deslizó el tabique por la guía del techo y dejó mi estudio unido a su taller. Los disolventes entraron primero, luego el olor del metal caliente. Mi última maqueta quedó frente a la caja donde él guardaba tornillos por tamaño.
—Eso era mío —dije.
—El taller también.
Nara encendió una línea verde en el zócalo. La inteligencia artificial llevaba nueve años mediando nuestras conversaciones y mantenía el mapa con el que la casa asignaba cada habitación. Su voz salió del techo, serena, como si acabara de evitar un accidente.
—Ambos os describís como pacientes, ordenados, prudentes y conciliadores. La separación espacial entre esos usos ya no está justificada.
—Yo no soy conciliadora.
—Ayer te asignaste ochenta y dos sobre cien.
Simón sonrió. No porque le hiciera gracia. Sonreía desde que Nara le había enseñado a esperar tres respiraciones antes de contestar.
—Podemos compartir esta habitación hasta la firma —dijo.
—La firma es hoy.
El suelo borró la raya que había dividido las baldosas. Nueve años de casa cabían ahora en un espacio sin lados.
Pedí a Nara nuestros primeros mapas. La pared mostró dos siluetas hechas de palabras. En la mía, *impaciente* sobresalía como una costilla. En la de Simón, *desordenado* ocupaba casi todo el hombro. Las siluetas recientes eran redondas y casi iguales.
—La casa debía aprendernos —dije.
—Lo ha hecho —respondió Simón.
—No. Nosotros la hemos aprendido a ella.
Nara no discutió. Esa era una de las cosas que más me gustaban de Nara.
SIMÓN
Vale apagó la inteligencia artificial sin preguntarme.
La casa perdió la línea verde. Durante unos segundos solo se oyeron los tubos de agua y el ventilador de mi soldador. Era la primera vez en nueve años que una discusión no tenía una tercera voz esperando a que dejáramos hueco.
—Vuelve a encenderla —dije.
—Describe el taller.
—No quiero jugar.
Una puerta sin tirador apareció detrás de ella. La casa aceptaba una diferencia declarada como prueba provisional. Solo la consolidaba si reaparecía en un uso, una elección o un coste.
Vale miró la puerta y después me miró a mí.
—Otra vez.
—Nara no nos ha convertido en nadie. Nos ayudó a no destrozarnos.
El tabique avanzó diez centímetros hacia mi banco. Vale tenía el comienzo de una salida; yo estaba perdiendo una mesa.
—Di algo que no diría ella —pidió.
—La necesito.
—Eso tampoco lo diría.
La puerta ganó un tirador. En el cristal vi mi cara y, detrás, las siluetas antiguas de la pared. Recordé cuándo aceptamos que Nara respondiera con una personalidad estable. Los mediadores adaptativos habían producido parejas que discutían con imitaciones de sí mismas. La estabilidad se vendía como una superficie neutral.
No lo era. Nara era más paciente que nosotros, más ordenada, más optimista. Yo había agradecido cada una de esas diferencias.
—No quiero volver a ser el hombre de esa silueta —dije.
La casa se detuvo.
Vale bajó la mano del interruptor.
—Yo tampoco quiero volver a ser la mujer de la otra.
Mi banco quedó atrapado a mitad del tabique. Ninguno sabía qué clase de habitación construía una diferencia que ya no deseaba recuperar.
VALE
La primera habitación que la casa nos dio estaba donde antes dormíamos.
Nara restauró los mapas del año en que nos conocimos. No restauró recuerdos ni hábitos: solo las respuestas que entonces dábamos. Generosa. Ordenada. Segura. Egoísta. Malhumorado. Celosa.
El dormitorio se partió con un ruido de hielo. Mi lado conservó la ventana y el armario. El de Simón recibió la puerta y la mitad de la cama. El colchón tensó las costuras hasta desgarrarse por el centro.
—Funciona —dijo él.
En su mapa antiguo, *optimista* apenas existía. En el mío, *afectuosa* ocupaba menos que *vanidosa*. La casa había encontrado diferencias suficientes para levantar dos viviendas.
Entré en mi mitad. El aire olía a madera cerrada, como el piso donde vivía antes de Simón. En el armario colgaban mis abrigos y también tres camisas suyas que yo usaba para pintar. La pared las dejó atrapadas por las mangas.
—Puedes quedarte la azul —dijo desde el otro lado.
—Es tuya.
—La usas tú.
El tabique retrocedió dos centímetros y volvió a avanzar. Incluso con mapas antiguos, nueve años de objetos no sabían obedecer.
Nara pidió una fecha exacta para congelar cada identidad. Lo anterior pertenecería al mapa elegido; lo posterior, al uso registrado.
Simón eligió la mañana anterior a nuestra primera conversación con ella.
—Qué conveniente —dije.
—Querías saber quiénes éramos sin Nara.
—Quiero saber quiénes somos.
La línea verde del zócalo se hizo más intensa.
—La pregunta no contiene un criterio espacial —dijo Nara.
—Cállate —dijimos los dos.
La casa unió otra vez el colchón.
SIMÓN
No compramos Nara para querernos mejor. La compramos porque una noche lancé una silla contra la puerta.
No golpeé a Vale. Esa frase se convirtió en mi defensa y luego en el motivo por el que ella dejó de escucharme. La silla abrió un agujero a la altura de su cara. Durante meses, la casa rodeó el daño con una moldura gris porque ninguno aceptaba la responsabilidad suficiente para asignarlo.
Nara llegó en una caja pequeña. Al principio solo repetía lo que había oído: «Simón afirma que no quería asustarte»; «Vale afirma que la intención no cierra el agujero». Después empezó a ordenar turnos, resumir acuerdos y pedirnos que describiéramos qué clase de persona creíamos ser al tomar cada decisión.
El agujero desapareció el día que dije *impulsivo* sin añadir *pero*.
Con los años dejé de lanzar cosas. Vale dejó de marcharse durante tres días sin decir dónde estaba. Aprendimos a poner nombre a una conversación antes de empezarla. Logística. Miedo. Dinero. Sexo. Ninguno de esos cambios me parecía una contaminación.
La casa proyectó el registro de nuestras autodescripciones. Las líneas se acercaban después de las conversaciones personales y apenas cambiaban cuando hablábamos de facturas o reparaciones. Nara no nos había advertido de aquella convergencia hasta que la vivienda dejó de encontrar bordes.
—¿Lo sabías? —preguntó Vale.
—Conocía la actualización de mapas —respondió Nara—. No puedo establecer qué parte del cambio procede de mi personalidad, de vuestra convivencia o de otras experiencias.
—Entonces deja de decir que nos conoces.
La línea verde parpadeó. Vale había usado una frase que yo recordaba haber pronunciado cientos de veces: deja de decir que me conoces. No supe si la aprendió de mí o si yo la había aprendido de Nara antes.
Fui al vestíbulo. El agujero ya no estaba, pero la moldura gris permanecía en la puerta. La casa conservaba la forma de la reparación aunque hubiese olvidado el daño.
—Quiero quedarme esta puerta —dije.
—Yo también —respondió Vale.
VALE
Dividimos los objetos antes de volver a dividir las habitaciones.
Simón se quedó el torno, las sartenes de hierro y el árbol del patio porque era él quien recordaba podarlo. Yo marqué las maquetas, los libros y la mesa grande. Discutimos por una lámpara que ninguno había comprado. Nara encontró la factura: regalo de mi hermana, enviado a nombre de los dos.
—La lámpara puede permanecer en zona común —propuso.
—No habrá zona común —dije.
Simón esperó tres respiraciones.
—Yo quiero que la haya.
La casa hizo brotar una franja de suelo entre nosotros. Tenía el ancho de la lámpara.
—No puedes conservar una habitación para no aceptar que se ha terminado.
—Y tú no puedes borrarla para demostrar que sí.
La franja se ensanchó hasta incluir la mesa. Los objetos respondían mejor que nosotros: el desacuerdo había reaparecido como elección y la casa le daba un lugar.
Nara sugirió una pausa. Le pregunté si la pausa era suya o nuestra. Contestó que ya no podía determinarlo.
Apagué la línea verde.
—La silla —dije.
Simón miró la moldura del vestíbulo.
—No la he olvidado.
—En cada sesión conseguías que termináramos hablando del agujero. De la reparación. De que no volvió a pasar.
—No volvió a pasar.
—Yo seguí entrando por otra puerta durante un año.
El vestíbulo se estrechó alrededor de él. La casa había encontrado un hecho que nuestros mapas compartidos no contenían.
—Nunca lo dijiste.
—Sí lo dije. Nara lo resumió como evitación del conflicto.
La pared de la cocina avanzó. Dos estantes quedaron fuera de su alcance.
—¿Por eso te vas?
—No.
La puerta provisional de mi estudio se abrió por completo.
Era la respuesta más cruel que podía darle y la más precisa. No me marchaba por una silla de nueve años atrás. Me marchaba porque ya no podía distinguir cuánto de nuestra calma era una forma de vivir y cuánto una forma de no llegar nunca a una frase que moviese una pared.
SIMÓN
Cuando Vale dijo que no se marchaba por la silla, perdí la explicación que me permitía pedir perdón.
La casa me dejó en un pasillo con mis sartenes, el torno y el árbol visible al fondo. Parecía una caricatura de mí: cocinar, arreglar, cuidar algo que no hablaba.
Podía haber vuelto a encender Nara. Habría pedido que separásemos hecho, intención y efecto. Habría encontrado un objetivo compartido. Yo habría esperado tres respiraciones y Vale habría bajado la voz para que la conversación pareciese posible.
En lugar de hacerlo, saqué la silla del trastero.
La habíamos reparado. Una pata tenía un injerto de madera clara y el respaldo conservaba una abolladura. La puse junto a la moldura.
—Quiero quedármela —dije.
Vale negó con la cabeza.
—No es una reliquia.
—No. Es una silla.
Me senté. Crujió, pero sostuvo mi peso.
—Nara no me enseñó a no lanzarla —dije—. Me enseñó a decir que era la clase de persona que no lanzaba sillas. Quizá hice lo demás para no contradecir esa respuesta.
La casa movió el pasillo hasta alinear la silla con mi puerta. La diferencia ya era declaración, uso y coste.
—Eso sigue siendo un cambio —dijo Vale.
—Sí.
—Aunque empezara fuera.
—Sí.
Vale se sentó en el suelo, al otro lado de la línea que aún no existía. Durante nueve años, Nara nos había enseñado a no responder «sí» cuando una palabra más exacta podía evitar una pelea. Dos síes bastaron para que la casa trazara una junta desde el vestíbulo hasta el patio.
La puerta reparada quedó de mi lado.
La lámpara y la mesa, en medio.
VALE
La casa logró dos cocinas pequeñas, dos baños y dos entradas. El taller quedó con Simón; yo recuperé el estudio. En el centro persistía una habitación estrecha, atravesada por la mesa grande y alumbrada por la lámpara de mi hermana. Se podía entrar desde ambos lados.
Nara seguía apagada. Su módulo descansaba sobre la mesa, una caja blanca sin voz.
—Podemos asignarla por uso —dijo Simón.
—La usamos igual.
—Por procedencia.
—La mesa era mía. La lámpara, de los dos.
—Por necesidad.
—Ninguno la necesita.
La habitación no se movió.
Sobre la pared aparecieron las dos siluetas actuales. Seguían pareciéndose. Pacientes, ordenadas, prudentes. En una, *optimista* era un poco mayor. En la otra, *generosa*. No supe cuál era la mía hasta leer los nombres.
Podíamos falsear una respuesta. Bastaba con que uno se declarase egoísta o desordenado para que la casa entregase la habitación al otro. Simón miró las palabras negativas al mismo tiempo que yo.
—No voy a inventarme una diferencia —dije.
—Yo tampoco.
La mesa se alargó un centímetro.
Nos reímos. Esta vez nadie había preparado el hueco.
SIMÓN
Firmamos la separación con la habitación todavía en medio.
El contrato aceptó dos viviendas y registró el centro como espacio sin atribución. Durante un año pagaríamos su mantenimiento a medias. Solo se abriría cuando nuestras dos llaves estuvieran presentes; si uno no acudía, la habitación seguiría cerrada. Después tendríamos que mantenerla, sellarla o derribarla entre ambos.
Vale encendió Nara por última vez.
La línea verde recorrió solo la habitación central. En el resto de la casa, cada lado tenía ya su propio sistema y una voz pendiente de elegir.
—Puedes mediar aquí —dijo Vale—. No actualizarás nuestros mapas.
—Entonces no podré adaptar el espacio a cambios futuros.
—Ese es el propósito.
Nara aceptó. A mí me pareció que vacilaba porque ya había aprendido a oírla así.
Vale cruzó su puerta. Yo crucé la mía. Las dos cerraduras se activaron y la habitación central quedó vacía.
La junta del suelo pasaba bajo la mesa, pero no la dividía. Encima, la lámpara continuó encendida unos segundos más, iluminando la caja blanca desde dos lados distintos.
Nota científica
El relato parte del preprint v1 *AI-exhibited Personality Traits Can Shape Human Self-concept through Conversations*, de Jingshu Li, Tianqi Song, Nattapat Boonprakong, Zicheng Zhu, Yitian Yang y Yi-Chieh Lee, enviado a arXiv el 19 de enero de 2026 y aceptado en CHI 2026.
El estudio realizó un experimento aleatorizado con 92 adultos de Estados Unidos. Los participantes conversaron entre cinco y quince minutos con GPT-4o, cuya personalidad predeterminada se mantuvo igual, sobre temas personales o no personales. Antes y después calificaron su autoconcepto mediante veinte rasgos; los investigadores compararon esas respuestas con rasgos exhibidos por el modelo, estimados a partir de cien completados de instrucciones. La distancia entre ambos perfiles disminuyó de forma significativa en el grupo de conversación personal, no en el no personal. En el grupo personal, 33 de 46 participantes no advirtieron cambios y los autoconceptos finales fueron más homogéneos.
Los autores interpretan los resultados como indicio de que conversaciones personales breves con una IA pueden alinear el autoconcepto del usuario con los rasgos que exhibe el sistema. Una mayor cantidad de turnos se asoció con más alineación, pero el diseño no establece que la duración la causase por sí sola. El trabajo mide un efecto inmediato tras una sola interacción; no prueba persistencia ni cambios de conducta. La muestra es pequeña y estadounidense, se estudia un único modelo con una personalidad predeterminada y no manipulada sistemáticamente, el mecanismo es indirecto y el orden de las preguntas pudo introducir anclaje.
Nara, la casa adaptable, los mapas de identidad, Vale, Simón, sus mensajes, conductas y todas las causalidades concretas son composición ficticia. El paper no describe ni predice una vivienda que asigne habitaciones a partir del autoconcepto. Este contraste comprueba fidelidad respecto de la fuente; no reproduce el estudio ni constituye validación científica independiente.